Siete de la noche. Las personas aún en el pueblo estaban despiertas debido a una lluvia torrencial que estaba causando estragos. Allí estaba Alicia, tomada de la mano de su hijo Alberto, desesperada llamando a su otro hijo, Jerónimo, el menor de sus hijos. ¡Jerónimo, Jerónimo, hijo, dónde estás! Gritó sin parar, entre lágrimas y desesperación, entre las aguas negras que bajaban del cerro y a merced de las fuertes centellas y relámpagos que en el cielo resonaban con fuerza.
Por un momento imaginó a su hijo ahogado entre las aguas, pero, por gracia del Señor, no fue así. Cuando cayó la lluvia, Jerónimo se encontraba con Alberto en un terreno abandonado con otros amigos jugando metras; al llover con más fuerza, ambos se asustaron por los truenos y salieron corriendo, pero Jerónimo se separó de su hermano Alberto, perdiéndose.
Alberto, el hermano mayor, llamó a Jerónimo, pero al ver que éste no respondía, se fue corriendo hasta su casa avisarle a su mamá. Jerónimo, que apenas contaba con cinco años de edad, no recordaba el camino a su casa y al verse en esa situación bajo corriendo por todas las calles hasta que, por fortuna, llegó a la iglesia del pueblo, subió la escalera central y tocó, con sus pocas fuerzas, su inmesa puerta.
El padre de la iglesia abrió y se asombró al ver a Jerónimo empapado y fuera de casa. El cura se llamaba Anastasio, era un hombre que pisaba los sesenta años, aunque aparentaba menos. Conocía a Jerónimo desde que nació y siempre le tuvo un gran aprecio, aunque éste no le tuviera la misma estimación.
—Hijo mío, ¿qué haces fuera de tu casa con esta lluvia?— le preguntó el Padre Anastasio, mientras miraba fijamente a los pequeños ojos de Jerónimo.
Por un momento, aquellos ojos azules del padre Anastasio, asustaron a Jerónimo, que no contestó la pregunta que éste le formuló.
—Imagino que el susto que tienes no te deja hablar. Vamos, hijo mío, pasa. No quiero que te dé un refriado— le dijo, tomándolo por la mano y colocando la otra sobre su espalda. La gran puerta de la iglesia cerró.
Dentro, el viento soplaba tan fuerte que apagaba algunas velas ubicada en los altares, que apenas le daban luz a la iglesia. Jerónimo, se sentó en uno de los bancos y paseaba su mirada por las columnas de la iglesia, las vírgenes, el confesionario, la imagen de Jesús Cristo y, con asombro, los hermosos grabados en relieve y los murales que adornaban las paredes y el cielo raso de la infraestructura del templo sagrado. El padre, al ver que Jerónimo se quedó atrás sentado, se regresó hacia él, le propuso entrar en su pequeño despacho, le ofreció algo de tomar y lo invitó a armar un rompecabezas que guardaba en una vitrina.
Jerónimo, aceptó irse con el padre a aquel despacho; ya dentro, le dio un abrigo y una camisa limpia y seca que conservaba de las donaciones que el pueblo acostumbraba a dar a la iglesia, tomó la Biblia y algunos documentos que estaban encima del escritorio y los guardo, después, prendió una vela y se persignó ante la cruz y volvió su mirada hacia Jerónimo, le sonrió y, con gracia, sacó y puso sobre el escritorio el rompecabezas. La figura del juego era un ángel.
Jerónimo, tranquilo, comenzó a armar el rompecabezas con mucha agilidad y el padre lo observó detenidamente; de pronto, su mirada paseo por el pequeño cuerpo del niño. Ya con la figura del rompecabezas casi completa, el padre se levantó de la silla, se acercó a Jerónimo y puso su mano sobre su cabeza, sobándola: “Eres un niño muy hábil. Ni yo hubiese terminado tan rápido, eh” le expresó. Luego, acarició su espalda y lo abrazó placenteramente, besando su cabellera.
Jerónimo, al sentirse incómodo con las excesivas caricias del padre se despegó de inmediato de él e intento abrir la puerta del despacho para salir. Pero, no pudo abrirla. El padre le había pasado llaves.
—Hijo mío, por qué me huyes. No te haré daño.
Jerónimo se pego hacia la pared y su cara comenzó a expresar temor. El padre Anastasio prosiguió.
—Con esta lluvia no es conveniente que salgas de la Casa de Dios, acá estarás muy bien— le dijo con voz maliciosa, sacando de su bolsillo una barra de chocolate—Ven, toma. Te lo ganaste por haber terminado de armar el rompecabezas.
Jerónimo, asustado, comenzó a gritar, pero el padre Anastasio se lanzó, rápidamente, sobre él y tapó con brusquedad su boca, lo miro a sus ojos y, luego, le susurró al oído: “te recompensare por tu habilidad, no temas. Nada malo te voy hacer”. Mientras su mano paso por una de las frágiles piernas del niño.
Al pasar el rato, la lluvia había cesado, una mujer desesperada tocó la puerta de la iglesia y el padre Anastasio bajo, rápidamente, a ver quién era.
—Hija mía, ¿qué te trae por acá?
Era Alicia, la madre de Jerónimo.
—Padre, Jerónimo se me perdió. Lo ando buscando por todo el pueblo y no lo he conseguido— comentó alarmada.
— ¡Válgame Dios, hija mía!— exclamó el padre consternado.
— Tengo miedo de que algo me le haya sucedido. Padre, por casualidad, ¿no ha pasado por acá?, ¿no lo ha visto?
El padre Anastasio, se quedó callado, observó hacia su alrededor, volvió su mirada a la madre de Jerónimo y con impresionante seriedad le respondió “No, hija mía. Jerónimo no ha pasado por la acá. Ni lo he visto”.
Wow... Un poco perturbador, pero bien. Saludos, Armandito.
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