viernes, 13 de julio de 2012

La nostalgia tiene olor a café


Llueve. Me encuentro solo en el café de la esquina. Ese pequeño lugar próximo; acogedor, sin lugar a duda, y fascinante por las tardes. Es mágico; pero, al mismo tiempo, nostálgico, como aquellos sueños emocionantes que nunca tienen un final definido; como esos momentos que desee haber vivido y, por algún motivo, no viví, no ocurrieron. 

El aroma de café, inspirador y sublime, es el antídoto perfecto para fortalecerme, para no pensar más en tonterías y preocupaciones,  para alivianar la tensión del día. Casi ardiente, oscuro, con mucha cafeína, así lo prefiero. Enciendo un cigarrillo, fumó tranquilo, no se perciben molestias; dejo la taza sobre la mesa y observó como el humo del café caliente asciende, mientras el aire lo desvanece. Mi corazón suspira por ella. 

La veo llegar con cierta prisa, lleva un impermeable negro que la cubre por completo; corre y salta cada charco con cuidado, empapada entra al café, seca la suelas de sus botas en la alfombra de la entrada, retira la capucha del  impermeable de su cabeza, la mueve de un lado a otro, acaricia y recoge su cabello, me logra ver y se acerca a la mesa donde me encuentro. Me mira, me guiña el ojo y me regala una sonrisa. Se detiene, me sigue mirando; mi alma sale del pecho, aún no he superado los nervios que me produce verla. Es hermosa, simplemente hermosa. 

Se sienta a mi lado, no tengo palabras; se acerca más, tengo sus ojos fijados en los mios, su sonrisa permanece en su rostro inmóvil, dándome respiro, dándome vida. Me toma de la mano, la siento fría. Sus labios ya están cerca de los míos, ya nada existe a mi alrededor.  Siento su aliento, su calor, su humedad.  Cierro los ojos, me olvido del mundo, incluso de mí. Mi alma se eleva a un imperio de emociones inexplicables. Ella se adueña de mi corazón, se roba mis latidos que aceleran con fuerza mientras todo su esplendor invade mi espacio. Escucho de pronto una voz baja, lejana y, en cuestiones de segundos, ésta se eleva un poco más, luego aún más y, apabullado, abro  mis ojos. La luz de la tarde pega sobre mi vista,  respiro rápido y profundo y, a su vez, disminuye el nivel de angustia generado por mi despertar repentino. Volteo hacia los lados, ya dejo de llover; el viento es liviano, el café enfrió, mi cigarrillo acabó, el mesero me intento calmarme que me despertó intento calmarme.Mi mirada siguió buscándola, pero ella no está aquí. Mi sueño culminó, tengo una cuenta por cancelar y una nostalgia por superar.